MELANIE KLEIN VI

(Continuación de Melanie Klein V)

Para comprender como se inician estos procesos, la Sra. Klein, a diferencia de Freud, ha considerado la existencia del yo des el comienzo de la vida postnatal. Piensa, que es el propio instinto de muerte el que posiblemente lo hace surgir a la actividad, siendo, ante sus amenazas, el instinto de vida el que va instrumentando al yo.

Es curiosa esta concepción kleiniana de que sea el propio instinto de muerte el que obligue al instinto de vida a instrumentar la instancia que conocemos como “yo”. Es a través de este yo, de quien corre la defensa fundamental de la vida, como también su capacidad de amar y de integrarla.

Sin embargo, existe otra tendencia defensiva inicial opuesta a la integradora; se trata de la capacidad de escindir o separar entre objeto bueno y objeto malo. Dejaremos para el próximo día tratar la posición esquizo-paranoide, limitándonos hoy a considerar que tanto esta función defensiva de escisión, como la capacidad posterior de integración, solo van a tener éxito si el yo tiene cierta capacidad de amor.

Aunque la situación parezca paradójica y las funciones antitéticas, se pueden comprender los hechos si tenemos en cuenta que el crecimiento progresivo del yo, solo puede ser posible si en su núcleo central se instaura un objeto bueno, no en dispersión, sino sólidamente arraigado, y que para esto ocurra, ha sido necesario una previa escisión entre el bien y el mal. (Podríamos también decir, entre lo aceptado y lo no aceptado).

La envidia excesiva borra estos mecanismos, borra la diferencia entre aceptable e inaceptable, entre el bien y el mal. Otra veces, y como defensa frente a los impulsos envidiosos y destructores, se hace una división excesivamente profunda entre lo bueno y lo malo, pasando esto último a ser malísimo, mientras que lo bueno queda idealizado.

Cuando la idealización es excesivamente manifiesta, ya tenemos un índice manifiesto de que la fuerza impulsora principal no es la capacidad de amar, sino la persecutoria. Pues, en efecto, debajo no se encuentra la capacidad de amar, sino la necesidad de defenderse contra el pecho devorador. Por eso no hay que extrañarse de que para muchas personas, la incapacidad y hasta la justificación para no tener un objeto bueno se encuentre en una excesiva idealización. Nada podrán amar, ni ser, porque nada es suficientemente bueno.  Pero es que aún estos objetos, aparentemente preservados en la idealización, corren peligro, porque la envidia con su efecto corrosivo, se extiende a todo objeto posible.

Las relaciones con personas o cosas tienden a ser desbaratadas, pues, a la hora de la verdad, no existe nada que esté a la altura ni de lo esperado ni de lo exigido, y con facilidad extrema las personas idealizadas pueden convertirse en perseguidoras. Esta nefasta evolución de la envidia la encuentra Melania Klein muy relacionada con el surgimiento precoz de la culpa.

Considera esta autora que una de las fuentes más profundas de la culpa está siempre ligada a la envidia del pecho nutricio y al sentimiento de haber destruido su bondad a consecuencia de los ataques perpetrados por la envidia.

Por otra parte, otra de las consecuencias de la envidia excesiva es, en opinión de la Sra. Klein, la aparición precoz de los deseos y tendencias genitales. Cree que la ausencia de una adecuada gratificación oral, empuja al bebé, demasiado pronto, hacia una gratificación genital. Y el resultado no es excesivamente óptimo, porque, por una parte se genitaliza la región oral, pero por otra, se oralizan las tendencias genitales cargándolas de resentimiento y ansiedades orales. Esta genitalidad, que como compensadora de la oralidad así se implanta, es muy insegura, y, de hecho, desde el principio socavada.

Un poco más adelante y cuando el bebé alcanza la posición depresiva, su yo va siendo más capaz de enfrentarse con su realidad psíquica, y entonces puede sentir y comprender que parte de la maldad del objeto se debe a su propia agresividad. Esta percepción, cuando afortunadamente se tiene, es la causa de culpa y dolor, pero también es cierto que crea alivio y esperanza que hacen menos difícil el soportar la integración de los objetos buenos y malos, tanto externamente como dentro del propio bebé.

Los celos, a su vez, tienen una vinculación muy directa con la envidia. Están basados en la rivalidad con el padre y caracterizan los primeros estadios del complejo de Edipo. Este complejo según Melania Klein, y a diferencia con Freud, surge a la vez que la posición depresiva, de los 3 a los 4 meses de vida.

Es creencia kleiniana que todo el desarrollo edípico está fuertemente influenciado por los fenómenos emocionales ocurrido en los primeros meses de la vida y en relación con el pecho materno. Cuando éste ha sido muy envidiado, al llegar a la iniciación del complejo de Edipo (y ya hemos visto que para M.K. surge muy precozmente) hace su aparición la fantasía del pene paterno dentro del pecho de la madre, o dentro de su cuerpo, convirtiendo en un intruso hostil. Esta es la base de la fantaseada figura de los padre combinados, figura en extremo terrorífica, y que representa para el niño el que ellos están siempre unidos entre si, obteniendo continua gratificación. La envidia y los celos, para algunos enfermos graves crean tal confusión que ya no pueden desenredar esta figura combinada, ni pueden tampoco llegar a ser capaces de ver y entablar relaciones con cada uno de sus progenitores por separado.

La ambición, normalmente la podemos poner en relación con la rivalidad y competencia de la situación edípica, pero cuando la detectamos como excesiva, se puede seguir su rastro con facilidad hasta encontrar su origen en la envidia primaria del pecho. El fracaso para colmar y satisfacer la propia ambición se puede encontrar entre dos impulsos luchando entre si; por una parte el impulso a reparar, pero por otra parte, la incapacidad para conseguirlo debido a la renovada aparición de la envidia.

Freud ya había descubierto la envidia del pene en las mujeres, como también los elementos agresivo de la mujer hacia el hombre por esta posesión. Ya recordareis el papel tan importante que en su obra “Análisis terminable e interminable” ocupa dicha envidia. Sin embargo, para la Sra. Klein, el deseo de poseer un pene propio es secundario a otro deseo más primitivo, que es el de internalizar el pene del padre y recibir un niño de él. En realidad, bajo los deseos orales, el pene es estrechamente equiparado don el pecho, y por ende, es envidiado y deseado. Pero esta situación y un mejor conocimiento de ella ocupará nuestra atención cuando abordemos la psicopatología.

La envidia primaria es capaz de extenderse a todos los atributos femeninos y muy particularmente a la capacidad de tener hijos. El hecho de dar la vida y preservarla es percibida como la mayor dote, a partir de este hecho, y secundariamente, cualquier facultad creadora se convierte en la causa más profunda de envidia. Menciona M.K. como ilustrativa de esta situación la obra de Milton “El Paraíso Perdido” donde Satanás, envidioso de la creatividad divina, decide arrebatarle el cielo. (Parece que esta idea teológica proviene de San Agustín, para quien la vida es una fuerza creadora que se opone a otra destructiva que es la Envidia. No es nada infrecuente observar la aparición de la envidia en personas “despechadas” (os llamo la atención sobre esta palabra popular de despecho) ante el hecho de que otra persona pueda vivir sin envidia.

Pero este sentimiento que estamos comentando origina sentimientos tan penosos que el yo moviliza poderosas defensas en contra. Veamos algunas: La más extrema es el intento de destrucción, en un principio con orina y heces, más adelante con actos más complicados. Existe otro tipo de defensa que no exige la destrucción del objeto envidiado, se limita a desvalorizarlo. Otro tipo de defensa, también muy frecuente, consiste en la proyección de la propia envidia, con lo cual el sujeto se convierte en un desgraciado perseguido por la envidia de otros. Otro sistema de defensa que podéis ver frecuentemente en los niños es la de provocarla actívamente, con lo cual parece que creen que pasan de ser envidiosos a ser envidiados. Finalmente existe otro procedimiento defensivo que consiste en la rígida idealización de un objeto, en parte para preservarlo de su envidia, pero también en parte para hacer saber a los restantes humanos la imposibilidad que siempre tendremos para rebasar nuestra vulgaridad.

No quisiera terminar los comentarios de hoy sin añadir un comentario que se refiere al instinto de muerte y que cuando lo estaba escribiendo no pude hacer uso de ello porque no me acordaba en donde lo había leído. Se trata del siguiente párrafo que corresponde a la Pág. 45 del libro de M.K. “Envidia y Gratitud”, incluido en sus obras completas: “Porque le hambre, que es el que despierta el miedo  a la inanición – y posiblemente a todo dolor físico y espiritual – es sentido como una amenaza de muerte”. En estas breves palabras aproxima M.K. el hambre y la amenaza de muerte. Quizás pueda pareceros una innecesariedad este comentario, pero no creo que lo sea, como veremos en su día, ya que en lo que se refiere a mí siempre he tenido una gran curiosidad por el problema de los instintos.

            Continuará…

Apuntes cedidos en su día por la Dra. Mª Luisa Herrero

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