LOS CICLOS DE LA VIDA: EQUINOCCIO DE OTOÑO. – ELISA SANZ OLEO

LOS CICLOS DE LA VIDA: VALOR PSICOLÓGICO DE LOS RITUALES EN EL EQUINOCCIO DE OTOÑO.‎

(Una aportación desde la perspectiva de la psicología analítica)

Coincidiendo con el equinoccio del otoño, de nuevo juntos, a través de “Aprender a pensar” (1). Mi propuesta es una invitación a hacer más presente la preparación de nuestro Ser al contacto con los ciclos de la naturaleza, para hacer más vital y consciente esa conexión de reciprocidad naturaleza interna/naturaleza externa; dar la bienvenida al sentido del otoño, dejar que nos penetre profundamente y nos transforme el espíritu de esta estación.

Equinoccio implica equivalencia de duración entre día y noche y, como en el equinoccio de primavera, volvemos al equilibrio entre luz y oscuridad. Cronológicamente este otoño abarcará desde el 23 de septiembre hasta el 21 de diciembre. Así pues, como todos hemos observado en los otoños que cada quien tengamos, en esta estación los generosos días del verano se acortan, hay menos luz y calor del sol, la gama de colores va cambiando de los verdes intensos a los rojizos, amarillos, ocres…la recogida de los frutos se ha ido haciendo a lo largo del verano y en nuestra cultura mediterránea queda la recogida de almendros, nueces, vayas…y: ¡la vendimia!

arbol

Alegóricamente el otoño está representado por una figura que varea un árbol para que caigan los frutos, o por una figura femenina robusta con ricos vestidos y corona de uvas y cornucopia rebosante de frutos. Por analogía le corresponde la edad madura y entre los elementos, la tierra. Pocas cosas producen tanta desazón interna como ver el cesto de frutos (de la Vida) vacío. Si internamente no ha habido muerte, renovación, fructificación (interna y simbólicamente hablando), no habrá recogida de fruto; el fruto de dar un paso más, en cada estación, hacia la madurez y totalidad del ser único que somos. La no realización de esta tarea/transformación es fuente de descompensaciones psicológicas que se agudizan en los equinoccios.

 

Volviendo a la lectura del “libro de la naturaleza”, las hojas y semillas caen al suelo; vuelven a la tierra/madre, son acogidas y ahí en el silencio de lo oscuro, la semilla “duerme” hasta un nuevo brotar. En las hojas/actitudes y otros materiales caídos, se realiza todo el trabajo de transformación química/alquímica y se convierten en humus. Palabra que significa suelo, tierra, y de la que deriva la palabra humildad. El otoño, parece ser pues, una vuelta a la tierra, un recogerse y un ir hacia adentro. La fuerza expansiva del verano ha llegado a su punto máximo y ahora viene lo opuesto; así es la vida cuando la sentimos, escuchamos y vivimos en calma: ¡un continuo juego de contrastes!

En la antigüedad esta estación estaba consagrada a la deidad de Dioniso/Baco, dios griego de los placeres, de la vendimia y del éxtasis místico. El culto a Dioniso está asociado al conocimiento de los misterios de la vida después de la muerte; que son también los del renacimiento y conocimiento.

No hay tantos rituales específicos ligados a esta estación, sin embargo sí a días concretos que, en nuestra cultura, se dan en el seno del otoño: el primero de noviembre, día de Todos los Santos, y el segundo día de noviembre, día de las Ánimas o fieles difuntos. En la cultura anglosajona, el 31 de octubre el hoy famoso día de Halloween, era antaño celebrado como la fiesta de la “víspera de todo lo sagrado”. Rituales que recogen, en todas las culturas, el honrar a los muertos ante el misterio de la muerte.

El verano es al fuego lo que el otoño es a la tierra. Desde un punto de vista psicológico, lo propio de la tierra o “el instinto de la tierra” es dar y recibir. Es época de recolección de frutos y también de siembra; tiempo para preparar un nuevo ciclo. Recojo una cita de Helen M. Luke, analista junguiana, que señala: ” La naturaleza de la tierra es recibir la semilla y nutrir las raíces; impulsar el crecimiento en la oscuridad de forma que pueda alcanzar la luz”. Aquí hay encerrada una verdad que la esencia del otoño nos regala; ¡ahí está el mensaje! : recibir la semilla, el fruto del verano (los logros, lo conseguido y realizado) que en un tiempo o una etapa de la vida nos ha servido, pero debe “caer” a la tierra para que se realice el, a veces, doloroso y difícil proceso de transformación interno, para que germine lo nuevo y haya posibilidad de crecimiento y de renovación de actitudes, de vida, de etapa evolutiva… Es preciso que eso se dé y se haga en lo oscuro de la tierra, en y con la oscuridad de nuestra Sombra, con toda la inquietud, zozobra o miedo que ello genere, pero justo por eso, la semilla podrá alcanzar la luz, llegar a la consciencia de nuestro Ser y nutrirnos.

Elisa Sanz Oleo

Médico psicoterapeuta

dibujo

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